04 abril 2017

LA RELEVANTE HISTORIA NO CONTADA DE LA CULTURA


"Me pregunto si no hemos fallado en contar la historia más importante de todas: la de la relevancia de las artes en – y para – nuestra sociedad" señala en su blog la actriz y magister en gestión cultural Pamela López, a propósito de la "equivocada cuestión de pensar que lo que hacemos es relevante para todos". Pone el dedo en la llaga respecto de la suerte de desidia que afecta al debate sobre políticas culturales para las artes escénicas, un problema común en la cruzada por el desarrollo de las artes: "Pese a que logramos unir niveles discursivos comunes entre agentes artísticos y de gestión, no hemos aún permeado la acción de defensa y promoción ni hacia los públicos, ni tampoco hacia otras capas del nivel político y social". 


Me recordó una frase del entonces senador Carlos Ominami cuando fuimos, durante el gobierno del Presidente Frei Ruiz Tagle, con la Directora de la División de Cultura del Ministerio de Educación, antecesora del CNCA -Marcia Scantlebury- a casi exigirle que el Parlamento aprobara una institucionalidad superior para la cultura. La respuesta fue sucinta: ¿Quién lo pide?

Salimos cabizbajos, dandole toda la razón, convencidos de que debíamos iniciar un proceso de socialización de esta idea-necesidad que sólo advertíamos un puñado de artistas y gestores.

Vinieron entonces decenas de reuniones con grupos de diputados y expertos nacionales y extranjeros; una convención nacional casi milenaria en el propio Congreso; presencias masivas en las gradas del Senado cuando se votaba la iniciativa; algunas con participación de obispos, alcaldes, dirigentes capaces de llenar el Municipal de Valparaíso con sólo un llamado y, por cierto, grupos de creadores y gestores movilizados por sendas agrupaciones gremiales.

Aquella gesta culminó con un Consejo Nacional participativo inspirado, como recuerda Pamela: "en el paradigma patrocinador planteado por Harry Hillman Chartrand & Claire McCaughey como modelo de política púbica". El mismo que la misma autora y luego de más de una década de funcionamiento, "debe decantar en una reinvención hacia el sistema actual". Ello, porque "el gran ícono de la filantropía norteamericana nos hace creer en un régimen que convive con la acción artística, pero la verdad es que los hechos muestran que las donaciones en USA son mayoritariamente una sumatoria de donantes individuales y que nuestra realidad local –a través del incentivo tributario- no ha logrado consolidarse como alternativa a FONDART sino sólo para aquellos grandes festivales ya consolidados por su trayectoria".

En efecto, en una sociedad permeada profundamente por la competencia y la acumulación económica de grandes fortunas en pocas manos, hemos fracasado en establecer la cultura filantrópica pues nuestros millonarios se resisten a hacer grandes donaciones, no contemplan el tema de la filantropía cuando se trata abandonar los negocios y dedicarse a gobernar y nuestras autoridades endurecen cada vez más las medidas fiscalizadoras de la remendada Ley de estímulos tributarios o Ley Valdés, haciéndola ya casi un buen recuerdo.

Recientemente, Andrónico Luksic donó, vía tuiter, dos mil ejemplares del libro Un veterano de tres guerras, logrando un impacto comunicacional muy superior a los 30 millones que habría gastado si los adquiere en una librería. 

López sugiere que, fracasada la filantropía, la situación implica "una alternativa a la concursabilidad – y digo alternativa pues no vayamos a ser tan disidentes como para eliminar un sistema privilegiado en dotación de recursos a artistas individuales-. La dependencia del sistema de fondos públicos llega a su crisis solamente en cuanto las políticas culturales no han logrado aún consolidar una herramienta distinta a ésta para la alta demanda sectorial. En otras palabras y en concreto: si hay un problema, se crea una nueva línea de fondos".

Quizás lo mismo pudiera decirse respecto de la legislación. Hay un problema de coordinación entre el CNCA y la DIBAM y se crea un Ministerio; existen dificultades de financiamiento de las artes escénicas y se propone una ley.

Es válida entonces la cuestión inicial: ¿resuelven las leyes la ausencia del relato sobre la relevancia de las artes en una sociedad? ¿Lo resuelve un discurso garantista de los "derechos culturales"?

Hasta ahora nos escudamos en la ausencia o la baja -bajísima- calidad de las secciones de cultura de los medios de comunicación y -más recientemente- la necesidad de crear -o sea que el Estado cree- un canal cultural de TV. También exigiendo que la ley... hasta la Constitución, garanticen "derechos culturales", que no son más que el viejo derecho a participar de la vida cultural de una comunidad, consagrado en la Carta de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

Es decir, poniendo la responsabilidad en los demás. Que otros difundan, que otros nos aseguren derechos, como si la cultura no fuese suficientemente importante para persuadir al mundo de su propia feliz condición. 


Parece llegado el momento que -una vez más- el sector cultural tome sobre sus hombros la responsabilidad de relatar a la sociedad la relevancia que tiene la cultura para ella misma. 

Retomar aquella energía que nos llevó en los últimos 27 años a construir infraestructuras; crear fondos concursables; instalar la gestión cultural como un oficio indispensable; pelear por leyes y ministerio y convertirla en comunicación cultural.

La comunicación de la historia más importante de todas: la de la relevancia de las artes en – y para – nuestra sociedad.

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